5/04/2021

El (odioso) proceso de corregir.

    ¡Que bonito es es ser escritor! La vida bohemia, el teclear a lo loco en un Starbucks, que tus lectores te reconozcan por la calle y ansíen tu nueva novela... Vale, quizá esté exagerando. Sobre todo, porque escribir no es nada de esto muchas veces. Escribir es bloquearte, frustrarte, no ganar lo esperado, no recuperar tu inversión y, lo peor de todo, corregir tu manuscrito.

   
    Sin embargo, todos sabemos que el proceso de corrección es muy necesario. Publicar un manuscrito con faltas (de cualquier tipo: ortográficas, de trama, etc.) sería como vacilar a nuestros lectores. Y ellos lo saben. Una gran mayoría de lectores reconocen que abandonarían la lectura por la presencia de faltas. 

    Cuando escribimos un texto, lo hacemos con toda la ilusión del mundo. Nos imaginamos que será un éxito, que se venderá tanto que a la semana tendremos que hacer una segunda edición... y, cuando el corrector te manda el manuscrito con todos los errores marcados en rojo (o el color que sea) te das cuenta del bodrio que has creado. Y yo creo que el problema está en:

  1. Nos creemos que el procesador de textos es lo bastante listo como para evitar que tengamos faltas ortográficas.
  2. Creemos que somos unos linces y que la escritura fluye por nuestras venas, por lo tanto es imposible tener fallos.

    Para el primer error ya tengo disponible una solución: mi taller de ortografía. Podría hablaros de él hasta la saciedad, pero creo que en esta entrada encontraréis toda la información necesaria.

    Para lo segundo no tengo una gran aportación, ya que lo mejor sería un chute de humildad, de realidad y de demostración de que nadie es perfecto en nada, por mucho que se practique. Pero, ¿qué queréis que os diga? No abundan las vacunas de la covid-19 como para abundar las de la humildad...


    Y esto os lo dice una filóloga que, cuando su correctora le envió el manuscrito corregido, se dio cuenta del desastre tan grande que había escrito. Con esto no quiero decir que por el hecho de haber estudiado Filología me crea escritora.

Al contrario.

    En la carrera aprendí sobre literatura a fondo, leí como una loca durante cinco años a autores que ni siquiera conocía, escribí a diario textos de todo tipo y, aun así, mi manuscrito tenía más rojo que negro.

Esta fue mi cara al ver el desastre que había escrito.

    ¿Me convierte eso en una mala escritora? Creo que no. Cuando abrí el archivo adjunto y vi el percal casi lloro de la emoción. ¿Sabéis por qué? Porque me di cuenta de lo muchísimo que iba a aprender con aquel proceso. Y así fue. Cogí una libreta y anoté en ella todos los errores que más se repetían a lo largo de las páginas. Fue como una clase privada de corrección.

     ¿Cuál hubiera sido la reacción de un mal escritor? Cabrearse, molestarse, ponerse a la defensiva. El no reconocer que tenemos errores y que metemos la pata nos convierte automáticamente el malos loquesea: escritores, docentes, psicólogos, camareros, conductores...

    Ojo, no estoy diciendo que debamos dar la razón a cualquier persona. Imaginad que un médico diagnostica a un paciente con una apendicitis. Lo comenta con otro colega y este le dice que él considera que es, simplemente, un pedo atravesado. El primer médico no tiene que decir: "ah, pues tienes razón, lo mando para casa con un Aero-red". Lo que debería hacer es considerar esa otra opción, aplicar las pruebas adecuadas para ver si es apendicitis o el pedo atravesado y, una vez analizado el caso, actuar según el diagnóstico final.

    Cuando corregimos, ocurre lo mismo. Quizá nuestro corrector nos diga: "esto de aquí está mal explicado porque...". Ante eso, debemos analizar lo que nos comenta, ver si tiene razón y debatir sobre el tema. Quizá quizá él esté en lo cierto, pero a lo mejor tus motivos para explicarte así en ese determinado fragmento se deban a algo.

    Vamos, que lo que diga el corrector no es palabra de Dios. Pero sí debemos fiarnos de su criterio porque es un profesional y se dedica a ello, ha corregido un montón de textos y sabe de lo que habla.

HE VENIDO AQUÍ PARA HABLAR DE MI MANUAL.
    
    El caso es que todo este rollo que os he soltado viene a colación de que he creado un manual de corrección. ¿Para qué sirve? Desde luego, no sustituye la labor de un corrector profesional, por supuesto. Pero sí que te ayudará a que tu manuscrito final, el que envíes a tu agente, a tu editor o a tu corrector, esté un poco más decente.

    Échale un vistazo. Es una ganga, como todos mis talleres y manuales, así que no pierdas la oportunidad de hacerte con él. Te aseguro que, después de leerlo, pulirás tu texto de tal manera que el rojo de la corrección no sobresaldrá tanto.

    Y nada más por hoy. Espero que no me echarais de menos, ya que hacía mil que no publicaba. Pero es que ya sabéis: la vida bohemia del escritor nos obliga a permanecer al margen de la sociedad porque somos unos incomprendidos...

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